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domingo, 9 de agosto de 2009
Rayuela - Cap.VII
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domingo, 31 de mayo de 2009
Olvido
Me digo si acaso será posible que percibamos el tiempo de manera incorrecta, han sido sólo unos cuantos meses los que la he dejado olvidada y sin embargo ella pareciera haber sido abandonada por otra persona en alguna época distante. Y es que todo ha cambiado tanto que me parece inverosímil que yo mismo haya sido quien la coloco ahí de donde hoy la he rescatado con más asombro que nostalgia.
Quizá ha sido otro. Otro quien la ha puesto en aquel lugar. Estoy seguro que no he sido yo. O en todo caso he sido yo ese quien la ha puesto ahí, pero yo ya no soy ese. Entonces estoy escribiendo las impresiones de otra persona y me doy cuenta que este yo que escribe no es más que la débil proyección de alguien que no está. Y es tan triste tener la certeza de que no soy quien creo ser, sino que soy la proyección de esos otros que he sido en algún momento.
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jueves, 21 de mayo de 2009
Jueves

Es de madrugada. Las palmeras se mueven levemente, recortadas contra el cielo oscuro esperando el primer haz del astro solar. Es tan solitaria la calle a esta hora. Pienso que no hay nada más bello que esta soledad imponente. Pienso que sería tan lindo si lloviera. ¿Has oído el sonido de la lluvia al caer?
Es jueves ya. He llegado a casa de madrugada y algo más. He preparado café sin azúcar, aun quiero prolongar esa sensación áspera y amarga del cigarrillo que he fumado. He encendido la computadora tan sólo para ver tu rostro, unas quinientas veces.
He sonreído quinientas veces. Me he entristecido quinientas veces también.
He pensado que no es muy sensato hacer todo lo anterior, especialmente eso del quinto párrafo. He pensado también que me llega altamente el párrafo anterior, pues la sensatez en estos días anda huyendo de mí.
He bebido el café, ahora frío y amargo. He apagado la computadora. He arrojado el resto de café por el lavadero. He querido también arrojarme por el lavadero, pero mi tamaño y mi estado no-líquido me lo han impedido, por eso me alivio arrojando mis lágrimas que sí son líquidas.
He ido a mi cuarto, he encendido la luz, he notado mi soledad y lo anchurosa y fría que puede ser mi cama, lo anchurosa y fría que será ahora mi vida. He dejado de escribir todo esto en mi mente. He apagado la luz. He notado lo oscuro que está todo. Lo oscuro que puede ser todo, así se ande de día o de noche.
He querido cerrar los ojos y no pensar en nada, ni en lo oscuro. He aplastado mi rostro en la almohada y me he dicho muy bajo: todo pasará, pronto te marcharás –por segunda vez- por ese lavadero, como mis lágrimas. Todo pasará, pronto, pronto.
Adiós.


