Música a la -1

domingo, 21 de diciembre de 2008

Asedia

Asedia

 

Nos afirmamos en la medida en que,

tras una realidad dada, perseguimos otra donde,

más allá del mismo absoluto, seguimos buscando.

E.Cioran

 

Cansancio, sueño, ojos que se cierran aun cuando el pensamiento flota, libre, en dimensiones desconocidas. Ganas de dormir. Dormir.

 

Madrugada. Los sonidos llegan de quién sabe donde ¿de allá afuera, de la calle?. Sí, algunos. Los otros se originan en mi cabeza, me escucho. Puedo escuchar todo, la habitación esta completamente a oscuras, es la oscuridad la que facilita que los sonidos de un mundo subterráneo lleguen claramente a mis oídos. Duermo.

 

Despierto sobresaltado, imposible dormir. Hay tanto que escuchar cuando muere la ciudad: el tic tac endemoniado del reloj, un auto circulando por alguna callejuela, las aves nocturnas, esas mensajeras de mundos desconocidos. Me hablan en un lenguaje ininteligible, me esfuerzo en comprender su llamado, esa desesperación gélida. Esfuerzo inútil.

 

 Ignoro el tiempo que llevo lúcido, sumergido en esta oscuridad que no sólo me rodea, sino que me alcanza y me desborda, se apodera de mí. Quizá soy yo quien esta dentro de ella, quien invade su espacio, entonces, si es así, merezco ser su prisionero, perderme en ella. Las horas pasan inagotablemente; la eternidad también se puede –a veces- expresar en minutos.

 

Nuevo intento de dormitar. Nada. Sólo esperaré aquí, inmóvil hasta que amanezca, y entonces... entonces volveré a lo habitual, a mis movimientos torpes por las callejuelas, a una supervivencia mineral.

 

Poco a poco los ruidos que proliferan en el silencio de la noche me han abandonado y les han cedido el paso a otro tipo de ruidos. Ruidos que ustedes pueden percibir. En cambio yo, soy testigo de las devastaciones de otro mundo. ¡Ahh!, si escucharan lo que escucho, si lograsen oír el lenguaje de esos seres que viven subyugados a la noche, irradiados por un mórbido sol nocturno.

 

Seres cuya existencia alcanzo a adivinar en mis temores, acechantes, prestos a alimentarse  de mis miedos para proseguir con su vida nictálope. Una raza emparentada con las serpientes y con los murciélagos. Son ellos los que eternamente me siguen en esta oscuridad, me hablan. Inútil tratar de no escucharlos.

 

Por fin ha amanecido, ya los rayos del sol me golpean con su calor a través de las grietas del techo de esta habitación  lúgubre. Abro los ojos. Aún mi universo esta en penumbras, sólo me queda el consuelo de unas gafas oscuras y un sucio bastón.

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