Música a la -1

domingo, 21 de diciembre de 2008

Huida

HUIDA

 

Las personas se definen por

 la intensidad de sus silencios.

Alonso Cueto

 

Andabas con paso cansino, con esa expresión de seria meditación dibujada en tu rostro, con algo indefinible y poético a cada paso que dabas, como queriendo explicarme que a veces basta el vacío, el silencio absoluto como comunión  entre dos personas, entre dos mundos que inexorables van el uno al encuentro del otro.

 

Y  yo te miro complacido. Observo fijamente cada desganado movimiento  que tu cuerpo hace al sentarse en esta banca, en esta banca verde en la que otros cuerpos, otras historias (¿acaso similares a la nuestra?) también se han sentado de mala gana unos momentos; e intento ir más allá, indagar en ese laberinto de imprecisiones que se oculta tras tu mirada, tras las lentas aspiraciones del cigarrillo que fumas sin convicción, cómplice, porque también yo estoy fumando. Y todo esto tiene algo de nostálgico, algo caótico y maravilloso al mismo tiempo, un elemento abstracto que  flota y se confunde a tu alrededor como un vaho que también me alcanza y me envuelve en esa callada y tácita manera nuestra de sellar las cosas con sólo una mirada cómplice, y me figuro conocerte de toda una vida (o quizá de toda una muerte), como si a cada instante tuviéramos la certeza de lo que piensa y siente el otro, a manera de  una perfecta simbiosis mustia.

 

Extiendes tus brazos hacía mí  en un gesto amoroso. No, sólo lo haces por cansancio, porque te encanta dejarte ser entre mis brazos, recargar el peso no sólo de tu cuerpo, sino también el de tus culpas en mi pecho, lentamente haz llegado a mi regazo, te quedas ahí quieta, silente, dejándome percibir a duras penas tu presencia, permitiendo que mis manos dibujen tu rostro, que acaricien tu cuerpo  y se pierdan en tus cabellos; tus pechos suben y bajan mecánicamente cuando ejecutas ese penoso ejercicio que es respirar ¿qué puedo darte yo?. Absolutamente nada de lo que necesitas seguramente, qué puedo darte sino un descanso, qué puedo ser para ti sino una isla, un reposo, ofrecerme en inútil sacrificio para consolar esa abrumada existencia que llevas.

 

De repente dices algo. No alcanzo a oírte. Lo has dicho moviendo apenas los labios, puedo entenderte perfectamente, basta con que me mires por un momento, en contados e insospechados instantes, gesticulando lo mejor que puedes una mueca que en algo se parece a una sonrisa, pero que a pesar de ello (y justamente por ello) me inspira ternura y  me produce también un sobresalto, la sospecha de que a pesar  nuestro (¿o mío solamente?) no podremos seguir juntos;  y así  me sonríes, y esa casi sonrisa es una afirmación muda, un asentimiento de algo que no llegamos a entender del todo, de algo que nos une en la inconmensurabilidad del tiempo, aunque sabemos que hay abismos ya insalvables entre nosotros.

 

Te pasas así un rato incalculable de tiempo, silenciosa, cavilando quién sabe qué cosas, pensando quizá en infinitos acontecimientos que te han acaecido; en aquella ocasión en que te robaron un reloj que pertenecía a tu hermana, o esa vez en que intentabas lastimarte para que tu madre crea que te asaltaron, y a pesar de que estamos aquí, juntos en este tiempo, espacio y lugar, no puedo dejar de pensar que al mismo tiempo nos encontramos a  distancias infranqueables entre nosotros, como si tu vida discurriera del otro lado del vidrio tras el cual te contemplo extasiado, y desde el cual, desesperado, te envío un mensaje cifrado, una angustiosa noticia de mí mismo, acaso la clave de mi salvación propia, un débil intento de comunicación entre esos mundos que nos separan.

 

Por fin nos paramos, te vuelves hacia mí y  me miras con un ligero estremecimiento, algo así como cuando asomamos nuevamente a este mundo desde la dimensión del sueño; así vuelves tú desde ese universo que llevas dentro, y me produces un bienestar enorme, me confirmas que todavía quedan cosas por las que vale la pena no matarse  aun, y esa tonta idea mía cobra ahora un nuevo y profundo  significado gracias a ti. Me conforta la sensación de que he contribuido en algo a ese descanso que tanto anhelas.

 

Caminemos juntos un momento me dices, las palabras salen dulcemente de tus labios y vuelves a posar tus ojos en mí de forma amorosa, con una firme ternura, y entiendo que una frase tan superficial, puede a veces tener un insondable significado; y yo nada más atino a  caminar a tu lado, a dejarme llevar por tus caprichos, a tratar de entender que mi racionalidad es a veces una maldita manía, que de nada me sirve ser racional contigo, porque lo nuestro es algo por constitución  irracional.

 

Caminamos lento, tomados de la mano, como omitiendo el mundo al andar, observando sin más como, mansamente, la alameda se va dibujando a cada paso que damos. No puedo evitar preguntarme qué pensamientos ocupan tu mente, qué cosas se anidan tras tus ojos, si acaso soy yo quién puede entender en algo tus angustias y ansiedades. De repente te quedas inmóvil, me abrazas fuerte, me miras triste, largamente y me besas.

 

Entonces me has susurrado que quisieras estar a solas conmigo y me miras esperando una respuesta. Me pregunto si pretendes olvidar que el sexo no nos salvará de nuestras propias soledades, si acaso ignoras que es muy tarde ya para andar ese camino. Pero también percibo que hay algo más en esa forma de pedirme las cosas. Esa casi súplica tuya en realidad encierra un mensaje que sólo yo podría comprender, algo que no eres capaz de decirme sin que te traicione el ánimo, sin que una lágrima asome a tus ojos negros, como una noche sin estrellas, y es que hacer el amor es una forma de despedirnos sin tener que caer en el  formalismo insoportable del adiós, ¿verdad? Tus ojos siguen fijos en mí. Acepto.

 

Entramos en la habitación, la examinas un momento, luego volteas hacía mí, apagas la luz y, sonriendo, te acercas. Mis manos redescubren tu geografía por vez primera, recorren nuevamente  tus contornos de ángel mujer, tus labios se precipitan sobre los míos con la misma furia de otros amaneceres, como si el tiempo (tan fútil) no hubiese transcurrido entre nosotros. Entonces, tras tu cabello enmarañado logro atisbar tu rostro, te pareces al mundo en tu actitud de entrega, la misma voluptuosidad de otras ocasiones, un volcán que me quema y me consume. Que se cierne sobre mí con la lujuria que sigue a los períodos de brutal abstinencia. Que se entrega a un frenesí incontrolable hasta la última de tus exhalaciones. Tu cuerpo, finalmente,  ha cedido al desgaste físico y descansa –desnudo e indefenso- a mi lado. Me visto lentamente. Te miro un último instante y cierro silenciosamente la puerta.

 

Mientras bajo las escaleras un pensamiento asalta mi mente: huir (sí, huir) mientras dormías no ha sido más que aceptar que no puedo decirte adiós. ¿Lo entenderás?

 

El frío de la madrugada golpea mi rostro. Camino sin ninguna prisa, no logró pensar en nada que no seas tú. Tu imagen, la última, bella y  maravillosa imagen que  me has regalado, perdura aún en mi cabeza.

 

...y seguramente seguías bellísima al dormir, durmiendo plácida y soñando sueños en los que yo tan sólo soy una sombra, una evocación efímera y sin importancia, mientras yo me embriago  recordando el sonido  de tus palabras, caminando insomne durante la madrugada con una irreprimibles ganas de volverte a abrazar por primera vez y tú (en mis delirios) preguntas si te quiero. Claro que te quiero y además eres lindísima y además qué diablos importa por qué te quiero, si lo único que he hecho es adorarte en cada momento, si siempre seguiré queriéndote como nunca te quise ni llegaré a quererte...en nadie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario